Hola camaradas y camarados!
Me voy a tener que ir acostumbrando a que en esta época del año hay muchas celebraciones. La verdad es que esto de los regalos está muy bien. El otro día en casa de la abuela Blanca me cayeron un montón.
Me regalaron entre otras cosas libros con animales, una nave espacial para gatear, un piano para los pies (que cosas más raras, ¿no?) y un aparato para la cuna, que me permite escuchar, mientras alucino con un espectáculo de luces y colores, desde el sonido del mar hasta la Marcha Turca de Mozart.
Desafortunadamente, estuve un poco enfermito y no pude disfrutar de estas fiestas tanto como me hubiera gustado. En todo caso, era difícil no ponerse así, dado que mis papis llevaban griposos unos cuantos días. En fin, resistí lo que pude pero...
Ahora ya estoy bastante mejor y ya me voy preparando para mi primer fin de año. La verdad es que entre tantas fechas señaladas, como las navidades o el kurban bayrami no se me olvida otra que tiene, sin duda, un carácter más personal.
Tal día como ayer, el 30 de diciembre del año pasado, mis padres se enteraron que venía a este mundo. Ejem, ejem, sin duda, uno de los días más felices de sus vidas, ejem, ejem...modestia aparte, jeje...
Aquel día por la mañana fueron de paseo al Pico Sacro, a las afueras de Santiago. Desde su cima observaron los valles del río Ulla y, a lo lejos, Santiago, con las torres de la Catedral, sobresaliendo entre un mosaico de casas y tejados. Con aire contemplativo, como si miraran a su propia vida, se abrazaron, y respiraron hondo.
Por la tarde, ya en casa, una tenue pero firme línea roja en el predictor era la señal. Y, sí, por supuesto: fue uno de los días más felices de sus vidas.